En Villa Domínico, familias y adultos mayores esperan diariamente la mercadería próxima a vencer en las puertas de los supermercados. Con una canasta de pobreza que ya supera los $1.400.000, la búsqueda de comida en los desechos comerciales se convirtió en una estrategia de supervivencia frente al hambre y la caída del poder adquisitivo.
La escena diaria en Villa Domínico
Cada tarde, entre las 14 y las 22, las playas de estacionamiento de los comercios sobre la Avenida Belgrano se convierten en un punto de concentración. No son clientes, sino vecinos que aguardan el retiro de productos de las góndolas: lácteos recién vencidos, panificados duros o restos de fiambre. Lo que antes era una práctica limitada a personas en situación de calle, hoy suma a trabajadores informales y jubilados que cobran la mínima y no llegan a cubrir los $658.011 necesarios para no ser indigentes.
Marta, una vecina del barrio, resume la crudeza del momento: «Si no salgo todos los días a buscar lo que consiga, mi familia no come». Esta realidad expone la ineficacia de las leyes de donación de alimentos frente a una necesidad que desborda cualquier burocracia.
El fin del fiado y el hambre en el hogar
La crisis también transformó el comercio de cercanía. En los almacenes de Avellaneda, el tradicional «fiado» llegó a representar el 44% de las ventas, pero el sistema está colapsando. Debido a la falta de pago por la pérdida de ingresos, muchos almaceneros han comenzado a restringir las libretas, cortando el último hilo de crédito que tenían las familias.
Los datos son alarmantes: un 30% de los hogares de la región admite que algún integrante sintió hambre en el último mes por falta de comida. La desesperación llevó a que casi el 17% de las familias tuviera que pedir prestado o acudir a métodos que preferirían evitar para poder alimentarse.
Del mostrador a la basura
La situación se agrava durante la noche, cuando el personal de restaurantes y bares de la ciudad reporta personas hurgando directamente en las bolsas de basura. En un contexto de inflación interanual descontrolada, la brecha entre el desperdicio comercial y la necesidad vecinal es cada vez más profunda. Mientras los comercios dañan intencionalmente envases para evitar su reventa, los niños y adultos mayores del barrio se ven obligados a disputar lo que queda de una mercadería que el sistema ya no considera apta para el mercado, pero que en el hogar es la única opción de cena.
