El polo productivo del calzado en el Conurbano Sur atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Emmanuel Fernández, fundador y dueño de la reconocida marca de zapatillas Kioshi Footwear, trazó un panorama dramático sobre la realidad de su empresa, cuya base de operaciones y proveedores históricos se concentran fuertemente en Lanús y la localidad de 9 de Abril, en Esteban Echeverría. El empresario reveló el brutal impacto de la recesión en su plantilla: «Llegamos a tener 120 personas y hoy somos 15. Es terrible, la situación del calzado es casi terminal».
La crisis golpea de lleno al corazón de Lanús, históricamente reconocido como un bastión de la industria del calzado y la marroquinería. Según explicó Fernández, el entramado local de talleres, aparadores y proveedores de suelas y matrices de la región sur del AMBA está al borde del abismo, al punto de que muchos pequeños fabricantes se ven obligados a cerrar sus persianas y alquilar sus instalaciones para otros rubros, como talleres mecánicos. Para las empresas del sector, la realidad actual confluye en una «tormenta perfecta» compuesta por tres factores letales:
- Derrumbe histórico del consumo: El consumo de calzado en el país sufrió una caída drástica, pasando de un promedio de casi 4 pares por persona al año a apenas 2.
- Apertura de importaciones y tarifas altas: El ingreso de calzado terminado desde el exterior quita competitividad a la producción local, en un contexto donde los costos fijos y las tarifas de servicios públicos no paran de subir.
- Ruptura de la cadena de pagos: Frente a la devaluación del poder adquisitivo, los comercios minoristas estiran los plazos de pago, tornando inviable el financiamiento diario para sostener las plantas abiertas.
Kioshi Footwear, que en años anteriores llegó a ser un modelo de expansión en la zona sur e incluso recibió beneficios de promoción industrial en Esteban Echeverría para ampliar sus líneas de montaje, hoy se ve obligada a operar en modo de estricta supervivencia. Las cámaras comerciales de la región manifestaron su extrema preocupación por el «efecto dominó»: por cada firma de primera línea que se achica o se vuelca a la importación para subsistir, caen de forma directa decenas de pequeños talleres familiares que dependen de la costura, el pegado y el diseño en los barrios de la región.
