Guernica se convirtió en el termómetro de la crisis bonaerense. Con una caída del consumo que roza el 19%, el tercer cordón del Gran Buenos Aires sobrevive a fuerza de ferias informales y changas que no descansan. El paisaje se repite en todo el Sur: locales que cierran, el «tarifazo» del transporte que se come los sueldos y una clase media que se vuelca al trueque para llegar a fin de mes.
La plaza de las mantas vacías
En la plaza de la escuela 13, en Guernica, ya no se escuchan gritos de chicos jugando. Hoy manda el murmullo de los feriantes que esperan un cliente que no llega. Jeanette, que vende productos de almacén, lo resume con crudeza: «Solo somos nosotros, los puesteros». La escena se repite en Florencio Varela y Merlo, donde la gente saca lo que tiene en la casa —ropa usada, muebles viejos, herramientas— y lo ofrece sobre una manta con la esperanza de juntar unos pesos para el día.
La caída de las ventas es estrepitosa. Según datos del Banco Provincia, en distritos como Guernica el consumo bajó un 18,5% en lo que va del año. Ya no se trata de elegir marcas; se trata de elegir qué comida recortar.
Sobrevivir con el celular en la mano
La crisis actual tiene un condimento nuevo: la tecnología como refugio de la desesperación. El trueque, aquel fantasma del 2001, volvió pero en versión digital. «Te contactás por Facebook, quedás en la estación de tren y cambiás una campera por mercadería», cuentan los vecinos de Presidente Perón.
Para otros, la «salida» es el volante. Remiseros de casi 60 años, que perdieron sus empleos fijos, pasan 16 horas arriba del auto para cubrir los $60.000 diarios que les cuesta el alquiler de la unidad y la nafta. La ecuación es cruel: mucho trabajo, poco descanso y una ganancia que se diluye entre los aumentos de peajes y el boleto de colectivo, que para muchos ya es un gasto prohibitivo de $6.000 diarios si tienen que ir a Capital.
Barrios que cambian de piel
El centro de Guernica empieza a mostrar las huellas del parate. Donde antes se alquilaba un local en 48 horas, hoy cuelgan carteles de «Disponible» durante meses. La fisonomía de los negocios también muta: perfumerías o casas de ropa que bajan la persiana para que abra una verdulería de barrio o un local de artículos de limpieza sueltos, la opción más buscada por el bolsillo flaco del vecino.
Mientras tanto, en los barrios más alejados, la preocupación es otra: la inseguridad «de supervivencia» y la falta de comida en los comedores tras el recorte de programas nacionales. El Conurbano, una vez más, saca a relucir su instinto de supervivencia en un escenario donde «no hay plata» es mucho más que un eslogan político; es la realidad de cada mañana.
