Con la suba del 11% que rige desde este lunes, el viaje diario se transformó en un gasto de lujo. Para quienes combinan dos colectivos o viven en las zonas más alejadas, el costo mensual de transporte ya representa una carga insoportable que obliga a los vecinos a elegir entre viajar, comer o pagar los servicios.
El costo de la distancia
En el Gran Buenos Aires, la distancia no es solo una medida de tiempo, sino de dinero. Para un vecino de los barrios periféricos de Lomas, Lanús o Quilmes que debe trasladarse más de 12 kilómetros para llegar a su puesto de trabajo, el boleto ya cuesta $1.452,85. En una jornada de ida y vuelta, el gasto diario se eleva a casi $3.000, una cifra que al mes supera los $65.000 sin contar trasbordos.
Este nuevo cuadro tarifario golpea especialmente a quienes realizan los tramos más largos. En el Conurbano profundo, donde el transporte público es la única opción de movilidad, el incremento impacta de lleno en la economía doméstica, restando recursos para alimentos o medicamentos.
Entre la SUBE y la resignación
«Ya no se trata de si el servicio es bueno o malo, se trata de si lo podemos pagar», comentaba un usuario en la estación de trasbordo de Constitución esta mañana. La realidad es que, para quienes no tienen la SUBE registrada, el mínimo de $1.937 es directamente prohibitivo, empujando a miles de personas a realizar trámites urgentes para nominalizar su tarjeta y no quedar fuera del sistema.
Incluso con los descuentos de la Red SUBE, el acumulado mensual se vuelve asfixiante. La suba del subte a $1.490 y de los colectivos provinciales genera un «efecto pinza» que encierra al trabajador: el sueldo no sube al ritmo del validador, y la movilidad —un derecho básico para trabajar y estudiar— se está volviendo un privilegio.
Un impacto social invisible
Más allá de lo económico, el aumento tiene un impacto social profundo. Se reducen las salidas recreativas, se limitan las visitas familiares y se resiente el consumo en los centros comerciales barriales. La preocupación en las paradas de colectivo es palpable: el miedo de muchos vecinos es que este no sea el último ajuste del invierno y que el costo de «ir a trabajar» termine siendo más alto de lo que el bolsillo puede soportar.
